
Seca la trucha con paño, sal fina y vuelta corta en sartén de hierro. Añade mantequilla y deja que se dore hasta oler a nuez; perfuma con eneldo y limón. Sirve sobre plato ancho de barro, donde la salsa pueda expandirse sin prisa. Unas hojas amargas sostienen el dulzor del pescado. Comerla mirando una ventana a la montaña convierte lo simple en trascendente, como si cada escama enseñara un detalle de la corriente que la crió.

Tuesta el alforfón hasta que cante, cuece en caldo lento, remueve con cuchara de madera larga. En otra sartén, setas limpias con mantequilla y ajo tenue; termina con perejil recién picado. Vierte la polenta en un cuenco profundo de cerámica rugosa y añade láminas finas de Tolminc que abrandan el otoño. Este plato no busca brillo inmediato; pide cucharadas hondas y conversación amable, la clase de calor que baja los hombros y alarga las sonrisas.

Corta manzanas de variedades locales, no perfectas, con piel que cuenta granizo y verano. Mezcla con una cucharada de miel de castaño, vigorosa y oscura, y nueces ligeramente tostadas. Una pizca de sal despierta lo frutal; un hilo de aceite de nogal abraza los bordes. En plato llano de madera, los colores pálidos lucen como acuarela. Es un cierre que lava la boca sin ocultar nada, un adiós dulce que invita a prometer regreso.